Descubre cómo Lisa Yuskavage transforma el estudio en un espacio de creación e intimidad, donde el color, el oficio y la pintura construyen una mirada única sobre la mujer.

Bien sea a través de una idea o por una obra concreta, los artista llegan a nosotros. Con Lisa Yuskavage el encuentro fue diferente. Antes de saber quién era o de leer una sola línea sobre su trayectoria, hubo algo que detuvo mi mirada: el color.
Rojos intensos junto a verdes imposibles. Rosas que parecen iluminar la piel desde dentro. Amarillos cálidos que transforman la atmósfera del estudio. Nada responde al color de la realidad y, sin embargo, todo resulta extrañamente verdadero.
Esa primera impresión me llevó a hacer lo que siempre hago cuando una obra permanece en mi cabeza mucho después de haberla visto: volver sobre ella, investigar y tratar de comprender qué había detrás de aquella pintura.
Pronto descubrí que la respuesta no estaba únicamente en el color.


Aprender el oficio para encontrar una voz propia
Lisa Yuskavage pertenece a una generación de artistas que decidió seguir creyendo en la pintura cuando muchos daban por hecho que había agotado su capacidad para contar el presente.
Su formación en la School of Visual Arts y, más tarde, en la Yale School of Art, consolidó un conocimiento técnico extraordinario. La admiración por Leonardo da Vinci, Correggio, Tiziano, Rubens, Degas o Rembrandt no aparece en su obra como una cita erudita. Está presente en la manera de construir la luz, en la profundidad del óleo, en las veladuras y en la composición de cada escena.
Antes de comenzar un cuadro prepara modelos, estudia la iluminación, construye pequeñas maquetas y organiza el espacio con una precisión casi escenográfica. Después llega el trabajo paciente del óleo, capa sobre capa, hasta alcanzar una atmósfera donde nada parece forzado.
Cuanto más conocía su proceso de trabajo, más comprendía que la aparente naturalidad de sus cuadros es el resultado de un oficio extraordinario.


Un mismo universo contado desde distintos cuadros
Hay artistas cuya obra cambia constantemente de escenario. En Lisa Yuskavage sucede lo contrario. Cuadros como Endless Studio, Joy of Painting, Artist and Models o Rendez-vous Behind the Artist Studio parecen formar parte de un mismo relato.
No importa tanto cuál contemplemos primero. Todos nos conducen al estudio.
Ese espacio deja de ser únicamente el lugar donde se pinta. Se convierte en un territorio donde la creación convive con la vida cotidiana. Los lienzos se acumulan, las modelos permanecen, las artistas trabajan, descansan o simplemente ocupan el silencio con absoluta naturalidad.
Mientras recorría estas obras no podía dejar de pensar en el antiguo boudoir. No en el sentido frívolo con el que tantas veces se ha utilizado esta palabra, sino en su origen: un espacio privado donde una mujer podía retirarse del ruido cotidiano para leer, escribir, vestirse o estar consigo misma.
En la pintura de Yuskavage ese espacio parece haberse transformado.
El estudio conserva aquella intimidad, pero añade algo nuevo: allí también nacen las imágenes. Es un lugar donde la mujer no sólo habita su propio tiempo, sino que construye su propia mirada.


El color como una forma de pintar la emoción
Entre todas sus obras, Endless Studio resume con especial claridad esa manera de entender la pintura.
La oposición entre los rojos cálidos del interior y los verdes que aparecen al fondo no sólo organiza la composición. Mantiene la mirada en movimiento y convierte el estudio en un espacio que parece respirar. Los colores complementarios intensifican mutuamente su presencia hasta crear una tensión visual que atrapa desde el primer instante.

Algo parecido sucede en Rendez-vous Behind the Artist Studio. Allí los corales, los rosas y los naranjas envuelven la escena con una luz casi irreal. Cuando se compara con Verso, resulta evidente cómo una pequeña variación cromática modifica completamente la percepción del cuadro. La composición apenas cambia; cambia la emoción.
Es entonces cuando uno comprende que, para Lisa Yuskavage, el color nunca describe únicamente una superficie. Construye un estado de ánimo.

Pintar un espacio que pertenece a quienes lo habitan
En Artist and Models y Joy of Painting el estudio termina convirtiéndose en un personaje más.
Las mujeres aparecen rodeadas de caballetes, lienzos y figuras. Algunas pintan. Otras observan. Otras simplemente permanecen allí. No hay una escena principal ni una narración cerrada. Todo parece formar parte de un mismo ecosistema creativo.
Esa es una de las ideas que más me interesan de su pintura.
Los cuerpos dejan de ocupar el estudio como modelos para convertirse en quienes lo habitan. La creación, el descanso y la convivencia forman parte del mismo espacio. No existen fronteras claras entre la artista y la mujer, entre el trabajo y la vida cotidiana.


Volver al cuadro
Después de leer entrevistas, descubrir sus influencias y comprender la paciencia con la que construye cada pintura, regresé a las obras con las que había comenzado este recorrido.
Seguían siendo las mismas.
Lo que había cambiado era mi manera de mirarlas.
Comprendí que aquello que me había detenido frente a los cuadros de Lisa Yuskavage no era sólo la intensidad del color. Era la manera en que consigue reunir tradición y contemporaneidad, rigor técnico e imaginación, intimidad y creación dentro de un mismo espacio.
Sus estudios no son únicamente lugares donde se pinta.
Son lugares donde la pintura sigue preguntándose cómo representar la vida.
Y ahí reside, para mí, una de las mayores virtudes de su obra.






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P.D. Todas las fotografías son propiedad de Lisa Yuskavage.

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