El recuerdo del frío.
No esperaba que una pintura me devolviera el recuerdo del frío.
Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió al descubrir la obra de Mandy El-Sayegh. Antes incluso de intentar comprenderla, regresé mentalmente al antiguo quirófano anatómico del Hospital de Sant Pau, en Barcelona, y a un monasterio del norte de Francia donde pasé una vacaciones escolares de mi infancia.
No recordé los edificios.
Recordé una sensación.
La de habitar espacios donde todo parecía diseñado para imponer un orden. Camas idénticas, largos pasillos, silencio, recorridos marcados, una arquitectura sobria que parecía diluir cualquier rastro de individualidad. Lugares donde el cuerpo aprendía, casi sin darse cuenta, que existían unas normas anteriores a él.
Esa misma sensación volvió a aparecer frente a los lienzos de Mandy El-Sayegh (Selangor, Malasia, 1985).
Afincada en Londres y de ascendencia palestina y china, la artista construye una obra que habla de identidad, lenguaje y poder, pero lo hace desde la materia. Sus pinturas no representan el mundo: lo absorben.

El estudio de Mandy El-Sayegh: un archivo donde la pintura conserva las huellas del mundo
Su estudio funciona como un inmenso archivo donde conviven páginas de periódicos financieros, manuales de anatomía, caligrafía árabe, caracteres chinos, anuncios publicitarios, gráficos económicos y fragmentos de revistas de moda. Materiales procedentes de universos que nunca deberían encontrarse y que ella superpone bajo sucesivas capas de látex, óleo y pigmento hasta convertirlos en una única superficie.
Nada aparece limpio.
Nada permanece intacto.
Todo conserva la huella de lo que fue.


La identidad como una superposición de capas
Mientras observaba esas capas superpuestas, comprendí que El-Sayegh no trabaja únicamente con imágenes. Trabaja con sedimentos. Recupera fragmentos de sistemas que alguna vez ordenaron nuestra forma de mirar el mundo y los enfrenta unos a otros hasta revelar las tensiones que todavía permanecen ocultas bajo la superficie.
Ese proceso me resulta profundamente cercano.
Como alguien nacida en Francia, criada en España y acostumbrada a vivir entre distintas referencias culturales, reconozco que la identidad rara vez se construye como un relato continuo. Se parece mucho más a un tejido formado por recuerdos, lenguas, desplazamientos y experiencias que terminan conviviendo, aunque nunca lleguen a encajar por completo.
El-Sayegh no romantiza esa complejidad.
La convierte en materia.
Al acercarse a sus obras desaparece cualquier sensación de asepsia. Los rojos recuerdan la sangre; los amarillos del látex envejecido evocan tejidos orgánicos; los morados aparecen como hematomas que afloran bajo la piel. La pintura adquiere una presencia casi física.
No ilustra la memoria.
La contiene.

Net-Grid: cuando la cuadrícula no consigue contener la vida
Una de las series que mejor resume esta investigación es Net-Grid. Sobre el aparente desorden de papeles, impresiones y pigmentos, la artista pinta a mano una retícula inspirada en las cuadrículas utilizadas en los patrones textiles.
La cuadrícula intenta ordenar.
Clasificar.
Contener.
Pero fracasa.
Las irregularidades del soporte hacen que la línea nunca llegue a ser completamente recta. Tiembla. Se desplaza. Se interrumpe. El sistema descubre que la vida nunca cabe del todo dentro de una estructura perfecta.
Ahí reside una de las grandes virtudes de su trabajo.


Los sedimentos de la memoria
Más allá de la identidad, la diáspora o el lenguaje, sus obras hablan de algo que todos reconocemos, aunque pocas veces seamos conscientes de ello: la cantidad de capas que el mundo deposita sobre nosotros.
Las palabras que leemos.
Las imágenes que consumimos.
Las normas que aprendemos desde niños.
Los lugares que habitamos.
Las heridas que creemos superadas.
Nada desaparece por completo.
Todo deja un rastro.
Como un sedimento que permanece adherido a la piel incluso cuando pensamos haberlo olvidado.


Cuando la pintura deja de ser imagen para convertirse en experiencia
Las pinturas de Mandy El-Sayegh funcionan precisamente así. Absorben el exceso de información de nuestro tiempo y lo transforman en una superficie que parece respirar. Frente a ellas comprendemos que la memoria no siempre adopta la forma de un recuerdo nítido. A veces permanece escondida en los materiales, en los gestos y en las estructuras invisibles que continúan organizando nuestra manera de mirar el mundo.
Quizá esa sea la razón por la que su obra permanece tanto tiempo en quien la contempla.
Porque no habla únicamente de nuestro presente.
Habla de todo aquello que el presente sigue arrastrando consigo.




Vista de la instalación
Lehmann Maupin, Nueva York

Vista de la instalación
SculptureCenter, Nueva York, 2019

Bétonsalon – Centre d’Art et de Recherche (Centro de Arte e Investigación), París, Francia gación), París, Francia
Si la obra de Mandy El-Sayegh ha despertado tu curiosidad, quizá también quieras descubrir a otros artistas que exploran la memoria, las capas, el collage y la transformación de los materiales.
- Ali Banisadr — Cuando la pintura también conserva la memoria.
- Rocío Montoya — El collage como construcción de identidad.
- Jaime Hayon — Objetos que también cuentan historias.
P.D. Te animo a visitar la web de Mandy El-Sayegh.

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