Un recorrido íntimo por la obra de Jaume Plensa: esculturas monumentales, silencio, transparencia y contemplación en el arte contemporáneo.

Quienes hemos recorrido la retrospectiva de Jaume Plensa en la Fundación Bancaja ,en Valencia, o nos hemos detenido bajo la delicada lluvia de letras del Centro de Arte Hortensia Herrero, sabemos que sus esculturas no ocupan simplemente un espacio. Alteran la atmósfera. Suspenden el ruido. Obligan, casi sin querer, a bajar el ritmo de la mirada.

Recuerdo especialmente la primera vez que me encontré con Julia, en la Plaza de Colón de Madrid. A su alrededor, coches, conversaciones, prisas. Y, sin embargo, ella permanecía inmóvil, ajena al vértigo urbano. Hay algo profundamente conmovedor en esa capacidad de Plensa para introducir silencio en medio del caos. Levantas la vista y, por un instante, sucede algo extraño: el mundo parece detenerse.

Sus figuras no imponen presencia; generan refugio.

De la materia al aire

Comprender el universo de Plensa implica también observar su transformación.

Sus primeras obras habitaban la densidad: hierro fundido, materiales pesados, volúmenes cerrados sobre sí mismos. Había en ellas una dimensión casi telúrica, un diálogo con el peso físico de la existencia. Pero, con el tiempo, su lenguaje comenzó a desprenderse de materia.

Poco a poco, el escultor evolucionó hacia la ligereza. Sustituyó la superficie compacta por estructuras abiertas, y el muro metálico por entramados de letras que permiten atravesar la obra con la mirada y con la luz.

Las esculturas empezaron a respirar.

Y quizá ahí reside una de las claves más bellas de su trabajo: entender que la verdadera solidez no siempre necesita imponerse desde la masa.

El alfabeto como memoria compartida

En la obra de Plensa, las letras nunca son un recurso ornamental.

Los alfabetos —árabe, hebreo, chino, griego, cirílico o latino— construyen cuerpos humanos como si el lenguaje fuese una segunda piel. Sus figuras están hechas de memoria cultural, pensamiento y comunicación; de todo aquello que nos conecta incluso antes de comprendernos.

Pero lo más fascinante es que esas estructuras son transparentes.

La luz atraviesa el acero. El aire circula entre las palabras. La escultura deja entonces de actuar como un límite y se convierte en un espacio de contemplación. Ya no se enfrenta al espectador: lo invita a entrar.

En Plensa, la materia nunca termina de cerrarse del todo porque su verdadera obra ocurre en el interior de quien la mira.

«Talking continents». Jaume Plensa. 2014.
«Together», Jaume Plensa, 2014. Obra instalada en el Hall de Bancaja en Valencia durante la exposición: «Poesía del silencia».
«Tempesta», 2022, Jaume Plensa. En el Museo Hortensia Herrero en Valencia.

La belleza de cerrar los ojos

Hay otro gesto constante en sus figuras: los ojos cerrados.

En un momento social por la exposición permanente, la hiperconectividad y el exceso de estímulos, esa introspección adquiere una fuerza inesperada. Sus esculturas parecen retirarse del mundo para escucharse a sí mismas.

Y quizá por eso resultan tan contemporáneas.

Con el tiempo, uno comprende que la soledad no siempre es ausencia. A veces es cuidado. Refugio. Una forma de regresar a uno mismo lejos del ruido exterior. Las figuras de Plensa no transmiten aislamiento, sino reconciliación interior.

Tal vez toda su obra hable precisamente de eso: del deseo humano de desprenderse lentamente de la opacidad.

De aprender a ser, por fin, transparentes.

Exposición de cabezas en la Ciudad de las Artes y las ciencias en Valencia, 2019.

Forma parte de la exposición en Bancaja, Valencia.

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P.D. Propiedad de las imágenes: Jaume Plensa.